miércoles, 30 de noviembre de 2011

Nadie como él.





Cuando me veo en el campo de juego con gente a la que no conozco, en los descansos rompo el hielo contando sus historias. Gesticular como él e imitarle la voz ayudan a que el público no dé crédito primero, alucine después, vuelva a pensar que me lo estoy inventando y estalle a reír. Naturalmente lo hecho muchísimo de menos porque entre que algunas historias las olvido y otras las tengo ya trilladas, me voy quedando sin repertorio.

Como toda buena narración, tiene una conclusión al final que además, es abierto. "...y se metió en el Ejército!" Naturalmente siempre exagero.

Hache era como Homer Simpson, un personaje de dibujos animados, pura humanidad. Una caricatura encarnada en cuerpo rechoncho, siempre sonriendo, siempre amable. Como un niño grande, curioso, indiscreto, ajeno a las convenciones sociales. Con el conocimiento justo para pasar el día.

Nos apareció un día, hace ya muchos años, después de apuntarse vía foro DOGS a una partida. Su particular sintaxis y modo de hilar el discurso nos había puesto en aviso, como pasa tantas veces con quien se expresa por escrito.

Un día de invierno y frío terrible se materializa un Citroën AX que con las ventanillas bajadas deleita a todos los que allí esperábamos con una tonadilla rapera. Desde el puesto del conductor hace un gesto característico, moviendo el antebrazo derecho con la mano medio extendida. Se presenta. Dice que es Hache y le gusta el hip hop.

Es pequeño de estatura, rollizo, de piel cetrina, frente magra, ojos y boca muy pequeños. Es un manual de antropología a primera vista, de etnología en lo sucesivo: se me pega encima preguntándome mil cosas sobre esto y lo otro con un candor extraordinario. Habla atropelladamente y sin vocalizar, es difícil seguirle el hilo. Me muestra la Desert Eagle que acaba de comprar mientras explica que de tanto que le gusta el mundo gangta eligió esta pistola cromada, y acompaña de un show visual donde adopta todas las posturas que ha visto en las películas de negros. Empuña con las cachas paralelas al suelo, hey brother, dice. Yo soy un poco hijo de puta y exploto la mina todo lo que puedo, embelesado.

La visión del mundo de Hache es extraordinaria. Comienza la partida: somos un grupito que avanza entre los frondosos helechos que nos cubren hasta la cintura. Él va de último con su M16, sin referencias raperas esta vez. Es todo tensión, contrae la mandíbula y pone unos ojos alucinados que dan miedo. Dirige el fusil hacia todo lo que le llama la atención. Un tronco caído. Una lata de refresco del suelo. Lo insondable del bosque.
Los de la vanguardia creen ver al equipo rival, echan rodilla a tierra. Hache, que sigue en la zaga ve como en un pestañeo sus amigos han desaparecido entre la maleza. Medio minuto después, no parecen haber visto a nadie y se incorporan desde el mismo punto en el que se había agachado. Reciben varios disparos de M16 desde detrás, un bonito episodio de fuego amigo. No había asumido que quien desapareciese de su visión para dejarse ver de nuevo era la misma persona - su compañero, en este caso.

El episodio se repitió en los siguientes minutos hasta conseguir una hazaña como matar a todos sus compañeros. Era solo el principio de la carrera de un personaje excepcional.

Como otros grandes cómicos, Hache tenía su partenaire. A lo Abbot y Costello trasladados al rural gallego profundo, pasados por el triturador de Valle Inclán y un toque de Cela, a su compadre podríamos considerarlo rayano al retraso mental y por eso tampoco nos cebaremos. Era completamente dependiente de nuestro héroe, que le trataba despóticamente. A cambio, Ele -que así le llamaremos- se desvivía en adquirir los gustos y aficiones de su amigo, como el ir a jugar al airsoft, pero quejándose permanentemente de todo. Pasaba verdadero pánico durante la partida como nunca he visto a nadie, sudaba abundamentemente y goteaba su diminuta nariz donde apoyaba, al final de ésta, unas finas gafas sin montura.

Ele entró en la leyenda al caminar, tambaleándose por los nervios pero con expresión triunfal, hacia nosotros al final de una partida de capturar la bandera. Lo habíamos colocado a medio metro del objeto a defender y verlo después de que el equipo rival cogiese nuestra bandera nos llenó de extrañeza. Preguntándole qué había pasado, se secó el sudor de la frente para contestar con voz trémula algo como "lo he logrado, sobreviví" detallando cómo se hizo un ovillo en un agujero.

También colocó un láser sobre su Glock26 de tal modo que solo podía accionar el gatillo con el dedo corazón. abrazando la empuñadura solo con el pulgar. Pasaron semanas hasta que supo que el láser era visible también desde el otro lado. Era común ver una luz pequeña y rojiza desde la maleza, muy a lo lejos.

Hache, humorista a su pesar, guardaba enorme talento para el espectáculo y el entreteniemiento. No se cortaba en proferir frases desafiantes engolando la voz, guturales y poco definidos gritos como "no me cogeréis con vida" mientras se retiraba a trompicones. Solía acompañar esas huídas disparando lo que tuviese -pistola, fusil- hacia atrás, sin mirar.

Sin embargo, no todo eran alegres charlotadas. Incapaz de hacer cualquier cosa, por insolentemente sencilla que fuese, a derechas, muchas veces provocaba el enfado de sus compañeros que intentaban trabajarse la partida. Su escasa capacidad de comprensión, limitada habilidad comunicativa y delirante percepción de la realidad le convertían en un estorbo en el juego cuando no en un verdero peligro. Gustaba de soplar por el cañón de la Desert Eagle amartillada, con el dedo en el gatillo, para que "no quedase así, como en tensión".

Quizás el máximo episodio que protagonizó fue antes y durante una de las celebradas milsim (para 2006) que organizamos DOGS en ese profundo, misterioso y complejo campo de Lugo. Cuando se convocó el juego con semanas de antelación, Hache insistó en su intención de asistir. Le explicamos que ese no era su tipo de partida, que no le iba a gustar, que no iba a haber muchos disparos, que se iba a aburrir. Nada de eso importó en su determinación, así que como mal menor le incluímos entre el staff de organización.

En aquella avanzada (para la época) partida nosotros la organización, junto a amigos escogidos interpretaríamos a la guerrilla africana haciendo maldades. Básicamente montamos un campamento e hicimos "vida normal chabolista" durante unos dos días para que los buenos recolectasen información sobre nosotros.

El equipamiento de Hache para dos días de campamento se limitó a seis litros de coca cola (que usualmente bebía con frenesí) y una caja de Panteras Rosas. Como armamento, un fusil y su Desert Eagle. Creo que se mentalizó para hacer el rol de un guerrillero africano por su actitud más distante de lo habitual la mayor parte del rato.
Se metió dentro de uno de los hoyos más alejados que habíamos cavado a modo de trinchera, él solo mientras los demás compartíamos con otro.
No faltó mucho para que hiciese de las suyas: a primera hora de día, mientras montábamos todo el atrezzo y los jugadores siquiera habían llegado, él ya veía regularmente en el bosque a enemigos. Quizás fuese una especial percepcion de los seres de la naturaleza, pero durante la noche gritaba a voz en cuello que veía a dos enemigos, uno con prismáticos y otro con un G36. Cosas así. De noche. Al principio le hacíamos caso, pero al pasar las horas continuaba avisando. "Necesito refuerzos, hay cuatro enemigos!" "Joder, vienen hacia aquí, hacedme caso!"

En estas, mientras entonábamos cántico un africano o simulábamos peleas para entretener a los equipos de reconocimiento enemigos, hacíamos sonar en una pequeña radio música local (del África negra) en la que por suerte había algún tema rap. En ese momento venía de la penumbra la figura grotesca de Hache caminando como sus ídolos. Venía con parsimonia, dejaba caer un "yeah, yeah" y retornaba hacia la oscuridad y su aguajero.

En determinado momento una pareja de otra trinchera elevó el volumen de su conversación y soltaron sonoras risotadas. Algo se encendió en la cabeza de nuestro protagonista, que abrió fuego con todo lo que tenía sobre los compañeros que llevaban ahí todo el día y toda la noche a la vez que naturalmente, pedía refuerzos. Los que soportaban las bolas sobre su cabeza lejos de preocuparse rieron más fuerte y no se les ocurrió otra cosa que lanzar una luz química al cielo. Esto encendió el terror y la sorpresa de Hache, que maníacamente seguía reclamando ayuda mientras todo el campamento de la sanguinaria guerrilla africana era una coña.
Más tarde, ya somnolientos, se pudo escuchar los pasos de un gran animal en el perímetro del campamento: una vaca despistada. Al otro animal no se le ocurrió cosa mejor que reclamarla haciéndole "muuu, muuu" con tal suerte que la res quería hacer buenas migas con nuestro amigo.

De cuando en cuando, ya aburridos de tanto hacer el cretino/africano, disparos desde el habitual agujero nos sobresaltaban.
-Qué ocurre, Hache?
-Estaba mirando si la pistola aún tenía munición, señor.

Desde luego cuando al amanecer nos cayeron encima treinta tíos de la movida contrainsurgente, Hache ya había consumido sus bolas en comprobar si le quedaba.

El hombre con peor puntería del mundo




Solía decir que prefería las réplicas de gas sobre las eléctricas porque le parecían más realistas, que ese ruidito del AEG como que no era serio. Que el PLAS PLAS era cosa de hombres. Perfecto. Así que se llevaba una UZI de KWC, algo muy espectacular, con una cadencia del demonio que pegaba unos petardazos increíbles. Hasta molaba que te disparase con eso.

Semanas más tarde continuó por esa línea sorprendiéndonos a todos con un M1 Carbine de Marushin. 8 milimitracos de bola, que volaba lenta pero muy lejos y precisa. Guau. En aquellos días se dejaban ver poquísimas cosas con esas prestaciones, pero tampoco era de sniper. Aunque hubiese que acerrojarla a cada disparo, era como muy pequeña como para entrar en esa categoría.

La breve trayectoria de este hombre por los campos pasó con placidez y discreción, solo remarcable por su fijación con el gas.

Hasta que un día me lo encuentro disparando a un chaval en la lejanía de espaldas, demasiado ocupado repeliendo ataques en otra dirección. Mi AEG no le alcanzaba ni de coña, pero nuestro héroe continuaba tiroteándole feroz pero esterilmente, enfadado. Cada garbanzo de 8mm para Cuenca. Casi lamento interrumpir su tirada al decirle que me pase el M1, que hay que arreglar lo de ese fulano. Encaro la carabina a ojo y aprieto el disparador. El protectil vuela limpia y suavemente toda esa notable distancia hasta acabar en la espalda del rapaz, que se levanta con la mano arriba.

No, no es que yo fuese un extraordinario y muy instintivo tirador. Era un disparo que cualquiera podría haber hecho de primeras. Me quedé con la copla y ese día procuré ir junto a él, fijándome en qué hacía.

Resulta que no le daba a nadie. Nunca. Solo se encontraba con alguien, se disparaban y él moría. Algo virtualmente imposible, más con la cadencia de esa UZI que usaba profusamente en CQB. Al día siguiente nos enteramos que esa mierda con razón pegaba petardazos, porque disparaba a 450 fps. Eso sería una máquina de reventar gente tal en esas circunstancias, pero como jamás acertaba a nadie, no había peligro.

Cohibido por la insospechada potencia destructura del subfusil y no menos alarmado por los casi 550 fps del ala del M1, rápidamente fue espaciando sus comparecencias en los campos hasta cesarlas. Desde entonces es el hombre con la peor puntería del mundo, honor indisputado hasta la fecha.

Antes de empezar



La intención primera del contador de batallitas es conocerse a sí mismo relatando episodios vividos, evaluar su propio juicio y profundizar en sus inclinaciones. Tiene querencia por cuestionar sus propias palabras. Las intenciones más críticas están formuladas desde la hipérbole o la grosería con ánimo enfatizante y como ejercicio de estilo.

Como blog personal, no representa ni vincula al 22nd Regiment, que realmente es un equipo cojonudo.

Miedo a la muerte por disolución




Triste más que divertida es una anécdota que me tocó vivir durante un gran evento milsim que se anunciaba solo para la gente más dura. Lo interesante es que en situaciones ligeramente jodidas sale a flote lo mejor, en contadas ocasiones, y casi siempre la mierdosa naturaleza de muchos de los que juegan a ser soldados y a vivir aventuras.

Un grupito de pobres diablos tenía la misión de asegurar un área a 1000 metros en línea recta de donde estaban. Era de noche lluviosa, el terreno era plano y no había nada más alto que un matojo: como una enorme piel de melocotón. No supieron llegar. Con las primeras luces me mandan a contactar con ellos y guiarlos junto a los míos. Una vez allí les recuerdo su misión original que debían tener hecha varias horas atrás: quedarse asegurando el área. El pobre hombre mira a su alrededor buscando una jaima o una Línea Maginot, no sé, cuando todo es matorral. No se le ocurre nada mejor que preguntarme que si llueve, dónde se van a meter. Insisto. Replica malreprimiendo cierto espanto que no sabe muy bien dónde está, y que como no funcionan las radios eso puede ser peligroso. Y que aquí seguridad ante todo.

Estamos acostumbrados a tenerlo todo y a una perenne seguridad. Cuando viajas y tienes un accidente, no pasa nada, haces una llamada y a esperar ayuda. Y el mundo no es así. En la inmensa mayoría de lo que cubre el cielo no funciona el teléfono, porque no hay, si lo hay no tienes pilas, si las tienes no hay donde enchufarlo y no tienes con quién hablar. Eso cuando no te come un bicho o no viene ningún nativo a matarte.

Y me dice que eso puede ser peligroso. De tan preocupado que está porque no le pase nada en un entorno perfectamente controlado no sé de dónde sacará algo de espíritu para divertirse.

El rímel corrido, el uniforme miltec y el asiento del copiloto




Las miras y no sabes muy bien por qué están ahí. Tienen la expresión triste, los ojos acuosos, opacos y muy redondos. No es nada raro en el campo de airsoft, donde nunca falta un puñado de  gente profundamente aburrida o melancólica, pero los ojos subrayados en rimmel de la novia-de...que- viene-a-jugar espantan y hieren.

Suelen ser muy jóvenes. Como para no querer separarse del patán de su chico ni un minuto - y él, para que no se aburra y le de el fresco (que hasta de El juego de tu vida se aburre una) no se achanta en llevarla al bosque. Al airsoft. A la guerra. Allí la pobre niña como un pulpo en un garaje, bien vigilada para que no se aburra demasiado, o si se aburre que se joda. Cuando ha pasado demasiado tiempo se acerca, pide las llaves del coche y ahí te espero.

Esto no pasaría de un par de vidas tristes, de juventud desperdiciada, de dependencia y soledad si no llegase el maldito momento en el que alguna bombilla se enciende - ¿por qué no coges una réplica y juegas tú también?

Entonces la chiquilla apunta su nombre a la lista de gente que juega al airsoft porque sí, porque estaba ahí. Algunas lo pasan mal. Con miedo de verdad. Resultan peligrosas para sí mismas y para los demás por el canguelo que llevan encima y las hace propensas a hacerse o provocar daño. A eso súmale su chico, que lo mismo le da igual que le revienten la cara -así aprenderá a quejarse menos y dejar de ser una princesita- como se pone farruco porque a la niña le han dado un susto al dispararle.

Twilight zone


Está muy bien eso de querer recrear. Pero algunos posiblemente piensen que BFT es una cadena de restaurantes, y CFT un accesorio para AEG.

Palabras en mármol (II)

De un "Operaciones especiales" español, hace ya unos años.

"Láseres, visores holográficos, pistoletes, linternas... demasiadas chucherías tecnológicas, no son operativas"

-Y si te las pagase el MINISDEF?

"Entonces, me quedaba con todas"

Palabras en mármol (I)

Leído en un foro.

"Aunque ciertas personas tienen secuestrado el concepto de milsim, mi grupo sí lo es. Intentamos jugar con roles, que alguien sea siempre el médico y esas cosas, y hacerlo como un equipo y no cada uno a su bola. También procuramos continuar jugando aunque llueva, pero alguno de nosotros es padre de familia y si se moja acabará resfriado y no podrá ir a trabajar el día siguiente."


Es ligero equipaje para tan largo viaje

Tenía todo el estudio patas arriba preparando el kit para un evento. Lo típico: mapas de la OZ en la pared, el webbing zapateado, las capas de ropa apiladas, las herramientas y toda la panoplia desplegadas. Toda una miríada de metal, plástico y tela desplegada para comprobar que todo está y nada falla. La pizarra con un remolino de notas sobre qué es lo que realmente necesito para una misión de la que muy poco sabemos - en caso de duda, se lleva todo lo que no puedas conseguir sobre el terreno.

Estaba en este delirio del equipaje cuando recuerdo que tengo un viaje el día anterior de la misión y que antes del bergen he de preparar una maleta. Hago un kitlist mental de lo que voy a necesitar.

Todo dentro de una maleta.

1. Para el viaje, comer en Madrid (temperatura prevista, treintaymuchos grados) y llegar al hotel:

-1x shorts
-1x polo
-1x par de converse

2. Para el evento, que hay que ir de monerío:

-1x pantalón de vestir
-1x blasier (no me suele gustar ir de traje completo, prefiero combinar prendas)
-1x camisa con su corbata
-1x par de loafers con sus borlitas.

3. Para desayunar y el viaje de vuelta:

-1x vaqueros
-1x camiseta
(reutilizo el calzado de la fase 1)

4. Misc:

Necessaire con las gafas, lentillas, kit de afeitar y de peinarse...
Ropa interior y calcetines.
Móvil y cargador.
Cámara de fotos.
Brújula.
Multiusos.
Pañuelos.
Cartera.
Llaves de casa.
Wayfarers.

Y la sensación terrible de que te dejas algo. No una, si no un montón de cosas que te harán pasarlas putas si no te las llevas.

Pero no, es solo una sensación infundada. Echo un vistazo a la pizarra llena de referencias a lo que necesitaré para comer, para dormir, para luchar... y coño, es que comparándolo con éso todas alforjas son pocas para un viaje.

Entre el "eso nunca va a pasar" y el "bastante hago ya" está la cosa

Un colega del UTE Dragoons de Sevilla lo resumió maravillosamente. Decía algo como que hay quien tiene en la recámara un "es que..." listo para excusar su incapacidad.

Ante eso, preparación para contraponerle un "y si...?" que abarque el mayor número de contingencias posibles.