lunes, 30 de enero de 2012

El ridículo más espantoso



Hubo una partida que nos creímos demasiado jefes y acabamos bien jodidos. Por tontos del culo.

Veníamos pocas semana atrás de una serie de juegos en los que cuatro emboscábamos a quince y nos los cargábamos, de llamarnos por radio pidiendo ayuda y cuando aparecíamos al trote por detrás del enemigo aplaudían con cara de haber visto a Santiago en Clavijo. De cuatro tíos ganar solitos partidas de 80. Cosas así, de veras que no miento. De las que le hacen creerse al nás pintado que lo que le echen, se lo va a comer a bocados.


Esta vez tocaba algo menos intenso, de más duración y a unos muchos cientos de kilómetros, ambientado en el desierto afgano. Claro, estábamos a tope:  Oh, cojonudo, dos días, vamos a pasar la noche cazando talibanes, no vamos a dormir, no hace falta llevar nada de acamapada.

Pero qué tontos del culo.


Total, que nos plantamos ahí. A bajo cero de noche. Con el DDPM y poco más. Con tan poco equipo que el que tenía un shemag tenía un tesoro, pero había que turnárselo. Defendiendo una mierda de base, estáticos, al puto raso con sacos de dormir en verano. Cada vez que se escuchaba una voz de alerta o algunos tiros salíamos disparados para repeler la amenaza (el resto de nuestro bando, todavía más inútiles que nosotros, no estaba muy por la labor) y de paso quitarnos un poco ese frío terrible. Yo tenía las botas encharcadas -pude incorporarme, pero los pies congelados no reaccionaban y acabé de morros contra el suelo. Tuve que arrastrarme un trecho hasta una roca para poder tener alguna posición de tiro.

Por si fuera poco, en aquella época andaba con demasiada afición a empolvar la nariz. De concentración no andaba muy fino y de irascibilidad no digamos. Me comporté como un cretino, la verdad.

Desde aquel infausto evento, todas las actividades las planeo para que eso nunca, jamás se repita. Mis chicos conocen esa obsesión machacona por aprender la lección y prepararse para toda contigencia.

El lamentable espectáculo de cuatro tíos inmovilizados por el frío, con la disciplina cogida por hilos, tentados por abandonar como hicieron muchos, pegados entre sí como cachorros de días, sin un miserable toldo y sin prendas de abrigo en una noche a bajo cero.

miércoles, 18 de enero de 2012

El tocino, la velocidad y la relatividad general



Acaba de pasarse por casa el técnico para reparar el frigorífico, que estaba más en el otro barrio que en éste. Posa sus cajas de herramientas en el suelo de la cocina y echa mano de las que va necesitando mientras le doy palique. Que si el termostato, que no rula, que se apaga y al rato hay que volver a encenderlo. Que sí, que aparcar por el centro a estas horas es jodido pero tranqui, que la grúa no la conduce Flash.

En estas que para ayudarse en ver el interior de la nevera saca una linterna cilíndrica, de las de bombilla en un extremo, y se la mete en la boca a la vez que asoma la cabeza al interior.

Ahí flipo. Como cuando alguien te pregunta si le puedes pasar ese documento en un disket, si le compensará ir a Suíza en taxi junto con otros tres de la aldea, si acaso no va finísimo con los mocasines de faux serpiente del Merkal Calzados, si cautivará a sus invitados dando el banquete en el Restaurante O'Toxiño, bodas y comuniones, marisco hasta reventar y cubalibres de Dyc. El tiempo no pasa igual para todo. Einstein tenía razón.

Esto es oldschool del bueno, como al que ves con una linterna de codo de cuando Vietnam (esto lo utilizábamos los guerrilleros de mi promoción, tío, I know what I say) enganchada en el CIRAS multicam chino. Si las linternas frontales salen hasta en la tele, y cuando algo sale en la tele hace mucho que no es nuevo.  La Petzl, la llamamos por concepto aunque sea de otra marca, que tanta vida nos ha dado trabajando en la oscuridad: ella mira donde tú mires, no pesa nadiña y es bondadosa con esas manos que Dios te ha dado, devolviéndotelas.

Desde luego no es una invención militar (género universalmente conocido por la eficacia y dinamismo en sus innovaciones) y sólo una adaptación de los chicos más instruídos y espabilidados de algo más visto que el tebeo en algunas actividades outdoor. O inmine, que no deja de ser una luz de minero tuneada.

Poco más de veinte minutos le llevó al hombre solventar la avería, de modo que siendo francos el no disponer de una luz frontal tampoco le impidió hacer el trabajo. Pero si el fulano tuviese que subir y bajar montañas, lo haría con botas de cuero, negras, altas y rígidas. Con clavos quizás, que son duras. Qué digo, con botas de trabajo! No importa que pesen dos kilos, son muy duras! Como en 1985. Despierta, McFly. 

sábado, 14 de enero de 2012

"Acaso queréis vivir por siempre, sinvergüenzas"?



"Ay... que este año nuevo nos traiga menos inmortales" decía una postal navideña. La peña ponía cosa parecida como firmas en los foros, como estado en el messenger, cosas así. Era hace años, todo eran lamentos. Ahora debe estar démodée.

Nunca me pareció algo muy importante, pero llegó a ser una obsesión universal que si bien puede haber flojeado en la gran galería, seguro que vive en algún grupúsculo. Mi opinión es sencilla: si le puedes dar una vez, aunque no muera, seguro que le puedes arrear otra. La reincidencia consecutiva es rara. Y quejarse de ello es de matados, aunque es contagioso y abunda en eventos de magnitud.

Sí, puede valer si tienes el lujo de contar con otra oportunidad, si puedes dejar que te maten por eso, volver corriendo del respawn y acabar, ahora sí, con él. En otras situaciones es diferente. Por eso hay que mirar mucho si compensa liarse a tiros cuando quizás haya cosas más provechosas que hacer.

Más de una vez me habrán tomado a mí por inmortal. Y seguro que lo he sido: después de pegarle un tiro a un relajado fulano en el brazo desnudo a diez metros sin que mostrase reacción, me lo creo todo. He comentado algo al hilo de lo que me pasó con el M14 - disparos impactados sin consecuencia que se explican mucho mejor por no enterarse que por intención de trampear.

Hace nada, una inútil chiquilla se puso como loca a disparar contra los helechos entre los que había asomado fugazmente mi cabeza. Mientras me revuelvo para rodearla se escucha escupir su réplica mientras grita "tendrá jeta y no morirá!". Disparando hacia donde ya no estaba. Y llamándome tramposo delante de todo el mundo, al lado de la zona de muertos, la tonta del culo. Segundos después aparezco por detrás para darle un correctivo. Querida, tal vez me hubieses dado si apuntases en mi dirección hacia mí. Quizá, repito.

Lo siguiente tiene cierta solera pero resulta un caso curiosísimo. Otro pobre hombre lanzó una furiosa ráfaga contra el denso zarzal tras el cual me escabullía, más o menos como la anterior. Él vería mi silueta entrecortada entre la maleza y en su cabeza figuró imposible el que ninguna bola traspasase ese muro. Se enfadó airadamente, "si él no muere, yo tampoco". No me sienta del todo bien, aunque sea una boutade de un infeliz. Porque aunque sea un pobre gilipollas, tiene alguna razón en sospechar: coño, ha soltado medio hicap. Igual alguna... aunque sea por saturación de aire-bolas-ramas. Juraría que no. Bueno, realmente es que no.

El mismo día, en un episodio que no me explico, pillo a este tipo por la espalda, a tiro de piedra. Él está con la rodilla a tierra, sin enterarse que estoy ahí, pensando si decirle "bang" o tirar de pistola. Como siempre resulta mejor disparar, le descerrojo un tiro en la espalda, a poco más de la distancia decente para dispararle a alguien.

Se hace el silencio después del solitario tiro de pistola de gas. Él sigue ahí, mirando a la espesura del bosque mientras continúo con el brazo extendido. Si hubiesen sacado una foto, parecería la escena de una ejecución soviética. Pasan un par de segundos y vuelvo a apretar el gatillo. Es básicamente imposible. Su espalda no está protegida más que por una camisa y me he podido comunicar antes con él hablando, por lo que deduzco que su capacidad auditiva debe ser suficiente.

Una ráfaga desde detrás me arranca de mis pensamientos: un compañero de mi equipo lo fríe desde media distancia. Ha debido flipar. El triplemente muerto se levanta para volver al respawn lleno de serenidad. No sé por qué demonios diez bolas desde lejos le resultan más llamativas que dos disparos a bocajarro.

Todavía no me lo explico.

lunes, 2 de enero de 2012

El láser


Ese puto designador me miraba lascivo. Vén, agárrame, sóbame, cárgame a tus hombros y acaricia con la punta de tus Oakley mi dispador. Joder. Yo aguantando. Haciéndole ojitos cada vez que levantaba la vista de los papeles y alejaba la boca del walkie.

Unas horas antes mi contacto con la organización aparece con ese trasto a cuestas y una sonrisa pícara que dice "chaval, esto te va a gustar". Maldita sea, esta réplica de SOFLAM AN/PEQ 1 es una artistada. Aunque muy sobredimensionada, su construcción es más que sólida y funciona terriblemente bien: un par de interruptores abajo, se encienden un par de pilotos y un rayo verde como mi pulgar de grueso cruza el campo hasta un par de miles de metros allá, mínimo. Me compongo gravemente -el jefe tiene que por lo menos aparentar estar tranquilo- disimulando la emoción infantil cuando lentamente deslizo que imagino por dónde irán los tiros con el cacharro este, o más bien las JDAM. La respuesta, dice socarrón, me la dará la evolución del día.





Aunque ya sabía que iba a ser largo de cojones.

Tanto que casi se prolonga hasta las primeras luces del siguiente. La noche había hecho disminuir drásticamente la eficiencia de mi gente. De 64, solo 18 estaban en condición de hacer algo. Ya, ya, esto es milsim y estamos todos a tope, vamos a darlo todísimo, nosotros recreamos (?) nosotros somos la polla. La mayor parte ocupados en lo único que harían con eficacia: dormir. El resto de los valientes y útiles, protegiendo nuestra base y el sueño de sus habitantes. Los menos, en la profundidad del bosque y la noche.

Con éstos, los contactos por radio resultan cada vez más escasos y espaciados en el tiempo. Las baterías se agotan. Las cosas no salen bien. Buscan al enemigo en un escenario enorme.
En el interior del perímetro no estamos mejor. Los guardas se mantienen, pero es imposible que se relajen. Hace frío, les pido que estiren su turno para comprarles a los compañeros media hora más de sueño. A ratos les doy palique, los animo o les reprocho según el momento.

Cuando vuelvo al puesto de mando esa puta sigue mirándome. Ese láser que es como el baile estático de la serpiente.

-"Hay una nueva misión. No tiene mucha ciencia: ilumina la base enemiga con el láser durante 60 segundos, y te garantizo mucha muerte y destrucción entre los insurgentes."

Hago cuentas mentales. No salen. No tengo gente a la que mandar. De los que están fuera algunos -como el 22nd- llevan ahí desde las diez de la mañana, y ahora van a dar las tres de la noche. Ninguna de sus misiones son prescindibles. Todavía quedan más de diez horas hasta echar el telón y no quiero quemar a nadie en una tarea que va a llevar su tiempo. Repaso el mapa en mi cabeza: el objetivo no está cerca. De noche y con los caminos controlados por el enemigo, hará falta una navegación perfecta para acercarse ahí. Y luego está encontrar el lugar donde instalar el cacharro y encenderlo durante un minuto. Ojalá fuese una mierda inflarroja.

Miro a mi alrededor. Tengo dos accesos a la base, en una puerta dos tíos. En otra todo un lujo: tres. Echo una ojeada al walkie, mudo desde hace mucho. Aquí está toda la fruta vendida.

Vaya puta mierda de ejemplo voy a dar, pienso. Deslizo mis dedos sobre el designador. Aquí poco hago, pero si me pillan va a ser una catástrofe. Pero si no voy yo a hacerlo es posible que no se haga.

Dejo el casco y el fusil sobre la mesa. Aviso a un centinela de que me voy y volveré en un par de horas, que cuide del cortijo.

Reuno a toda prisa a un pelotón que aún tenía la cena en la boca. Vamos a salir. El plan es este: subimos los diez hasta cerca de la base enemiga. A unos 200 metros solo dos se aproximan conmigo. Cuando yo esté listo para buscar la ubicación donde disparar, se vuelven al resto el pelotón cuidándose de que los vean, y atraigan la atención de los defensores al lado opuesto por el que acechamos mi metálico amigo y yo. Yo me arreglaré la vida para volver a base mientras ellos aún tendrán que patear monte buscando unos dichosos campos de cultivo.

Subiendo hacia donde acampa la insurgencia me percibo como una especie de agrimensor furtivo y me invade una extraña sensación de estar desubicado. Bueno, cargando una enorme caja con trípode sobre el hombro en medio de una columna es algo novedoso para mí. Gracias a Dios no es pesada, pero sí realmente incómoda. Los chicos de mi pelotón son buenos y aciertan en la navegación. En caso de que haya ostias ellos llevan sus fusiles, mientras esté con ellos la misión tendrá una oportunidad. De cuando en vez palpo las cachas de la 226 dentro de la Serpa, para saber que sigue ahí.

Llega el momento de la aproximación final mientras me repito que esto no va a fallar, porque si perdemos al jefe y al rayo de la muerte, los aliados nos vamos al carajo. Me lo repito fuerte cuando una linterna se dirige hacia mis dos solitarios escoltas, descubiertos antes de lo previsto. Sospecho que también me ha intuído el centinela alejado y cabrón, pero no me sigue muy convencido. En estos momentos la mente va rápido de cojones y vienen a mí flashes sobre la de veces que hemos entrenado cosas así, y que cuando las cosas se ponen interesantes no hay nadie que saque fotos molonas. El plan inicial naturalmente ha fallado y los guardas ojearán en todas direcciones, incluída la mía. Sonrío un instante mientras busco una ruta para colocar el laser que me sirva para entrar y salir por patas. . Tendré que correr como un diablo y a ciegas, de modo que mejor será que no sea por un sitio cruzado por un barranco.

No hay muchas más opciones que colocar el rayo peligrosamente cerca, el terreno es más plano de lo esperado. Los cabrones de la base son disciplinados y no encienden luces, de modo que solo puedo intuir su ubicación a partir de lo que me han marcado los chicos del recon. Paciencia, que no hemos llegado hasta aquí para joderla tontamente. Hasta que un gañán me da un regalo e ilumina una tienda. Ahora muevo yo. Con el trípode bien clavado, respiro hondo y hago feliz a mi zorra.

Cuento a partir del uno, hasta el cincuenta y nueve. Muy despacio. Ya no hay marcha atrás. Se va haciendo difícil contar tranquilo mientras vienen hacia mí rasgando la noche con sus linternas. Disparan pero desde muy lejos, no calculan bien las distancias. Apuran el paso y dan unas voces espantosas y francamente groseras.

cuarentayocho cuarentanueve cincuenta cincuentayuno cincuentaydós

De carrerilla. Levanto el SOFLAM de un salto sin plegar el soporte y me lanzo hacia la oscuridad rezando para que no tengan a nadie más rápido que yo. Estaban muy cerca, sabían donde disparar y podrían haberme jodido. Pero no tuvieron esa suerte, y los jodidos fueron ellos. Me quedaban cruzar unos cuantos kilómetros de bosque en una noche sin luna y precisamente por donde el enemigo tenía sus rutas de aprovisionamiento.

En el rato que me llevó en volver al puesto de mando, los muy pardillos pensaban que había sido secuestrado. Angelitos. Aunque más tarde los putos insurgentes me la devolvieron en una acción que merece otra batallita.